Archivos de: Paula Velasco

Acerca de Paula Velasco

No soy artista.

20/04/19

Apenas era una niña cuando pasó. Por eso, se dice, apenas recuerda. Pero no era tan niña, y se siente culpable por no haber sabido reconocer lo que pasaba. En su mente quedan fragmentos de lo que ocurrió, insuficientes para montar un caso, o demasiado vagos para coger impulso y lanzar la verdad con tanta fuerza que se quede bien lejos y nunca vuelva a herirle. Para arrojarla y que salpique a quien tenga que salpicar. Que se cuele en cada dobladillo y se quede allí, lavado tras lavado, aunque pase el tiempo, aunque se sacuda la culpa, aunque se haya aprendido algo.

Ojalá poder verter todo este betún que hoy es suyo y solo suyo sobre quienes hicieron que apareciese esa masa negra, pegajosa y pesada. Ojalá les chorrease por las pestañas, y les sellara la boca con la que olvidan, con la que roban, con la que matan.

Y, sobre todo, ojalá manchase a todos los que juegan al traje del emperador. A todos los que saben y aún así sonríen y son amigos y toman cervezas, y se alegran por los éxitos y se lamentan por las derrotas. Ojalá fuese tan evidente que nadie pudiese hacer como que no ve, como si no fuese asunto suyo. Que nadie pudiera salvarse.

En ese caso, la única forma de purificarse sería reconocer. Salir del lodo implica limpiar conscientemente. Y eso, sólo eso, sería un a victoria.

 

05/04/19

El tiempo que se paladea es el tiempo que se respira. Tiempo consciente, como cuando adviertes el inhalar y te haces responsable de la pulsión, y lo que antes era inconsciente ahora ocupa cada palmo de tu pensamiento y ya no eres capaz de dejarlo atrás porque qué pasa si pierdes la concentración y dejas de regar oxígeno.

El espirar te delata. Cuando mientes, cuando amas. Cuando te ahogas mientras te esfuerzas por fingir que el esternón no pesa, que la garganta no se te estrecha. Cuando respiras de pecho y solo quieres respirar de diafragma. Cuando se escapa del la caja torácica y revolotea en los gemidos, cuando palpita en horas que la antimateria traduce en kilómetros y sabes que te vas a perder, y sabes que estás perdida, y tienes miedo y el aliento entrecortado es puro oxímoron.

A veces se traslada a otros espacios. Y de pronto el jadeo palpita en las extremidades, e intentas acallarlo de todas las maneras posibles: con agua, con humo, disolviéndolo en alcohol o purgándolo con endorfinas.

Puede que remita, pero nunca se marcha. Ha hecho nido en el plexo solar.

31/03/19

Una ciudad en la que nacer, suman ocho en las que vivir -nueve, en realidad- más las que vendrán mientras llega esa ciudad en la que morir. Dos relaciones, tres formas de decir te quiero, cientos de enamoramientos, 6 + 1 + 8 + 1/2 que he tenido que parar para pensar y recordar; los besos que he dado y los que quise dar. Pasar de 8 a 7 y de 7 a 6 y de 6 a 5, quedarme en 6 con aspiración a subir a 7 y dar las gracias si me permito llegar a 8. Odiar el ábaco. Rechazar las sumas que se hacen con las manos y las restas que se hacen desde la ropa gris, que huelen a humo y a ansiedad.

17/03/19

Estoy empapada,
tanto que cala y desborda, de dentro hacia afuera, de afuera hacia dentro. En ondas, in crescendo. Completamente disuelta incluso en el recuerdo.

Estoy dentro y fuera de mi cuerpo.
Dentro, muy dentro, muy en contacto con las entrañas, las vísceras y los fluidos. Muy en la respiración entrecortada, las descargas, escalofríos y temblores.
Fuera, muy fuera, muy ajena a las coordenadas y los puntos de anclaje. Muy lejos de poder controlarme. Dame la mano para que compruebes que no exagero. Muy me da igual que sean las dos de la tarde y el espacio no va a condicionarme porque he dejado de relacionarme con la realidad como lo hacía hace 5 minutos. 10 minutos. 20 minutos. Quizá una hora.

Notar el sabor a hierro y querer más. Notar el olor a hierro y querer más. Pensar en Bernini y querer más.

Mezclar recuerdo e imaginación y querer más.

No poder contenerme, no poder contenerme dentro, no poder dejar de expandirme, de ocupar exactamente el mismo espacio aunque sea imposible empírica y metafóricamente.

Quiero destrozarte con violencia revolucionaria.

15/03/19

Yo no creo que esté bien
que donde estaba la pena ahora habite la rabia.

Debería estar orgullosa
de que al menos tantas idas y venidas,
tanto dolor y tanta saliva
hayan servido para algo.

Debería bastarme un gracias
Debería bastarme la comprensión tardía.

Pero no puedo parar esta marea negra
por las medallas, al mérito.
Se extiende a los pulmones,
anida en las sienes,
me hace ser lo que nunca he sido.

El retrogusto amargo
sabe peor
a sabiendas de que es un error.
Mi error como respuesta
a sus aciertos.

 

“Somos más creativos
cuando miramos desde la sombra”
afirmamos
Pero escribo desde un espacio
que superaría la ionosfera
si no fuese por la corriente alterna.

Sin dejar de estar atenta a los movimientos tectónicos
pero soltando lastres.

Siendo consciente de que el estado de flotación
no es permanente,
y de que la gravedad 0
tiene sus efectos secundarios.

Qué más dará la finitud de una sonrisa
si el tiempo ha perdido su efecto sobre mí.

10/03/19

Mi madre se mordía en el antebrazo. No sé si lo seguirá haciendo. Pero, en su momento, en los cientos de peleas que tuvieron mi yo adolescente y su yo que trataba entender sin alcanzar a discernir, parte del rito de la batalla era el bocado a la propia carne. Supongo que constituía, al mismo tiempo, una escenificación de la rabia y una forma de contener la violencia. Un mira lo que me haces hacer, una manera de transmutar las heridas abiertas invisibles en algo palpable.

En mí fue un gusto adquirido. En los puntos álgidos de tristeza me devolvía a la tierra. Era Bob Flanagan, Gina Pane y todos los que alguna vez usaron objetos afilados para despresurizar. Nunca lo hice para ser vista. Nunca lo hice para autoafirmarme, para reclamar atención, nunca para forzar una respuesta.

Ayer cambié de espacio, de motivación y de finalidad. Qué bien sienta acallar mi murmullo de esta manera cuando el detonante es otro.