Archivos de: Paula Velasco

Acerca de Paula Velasco

No soy artista.

28/07/19

Nunca me habían cuidado con poesía.

Nunca me habían querido en un susurro, en las pausas y los vacíos. En las palabras y los ritmos que no paran mutar, y que quizás en otro tiempo me harían pensar en las células que no deberían estar ahí y que no se dan cuenta de que tienen que parar. En los miedos, en la vulnerabilidad y la finitud. Salpicadas por la cascada de endorfinas, se confunden con la teoría de la evolución, con todo lo que crece, con lo que se adapta y no solo sobrevive.

Nunca había querido desde la desnudez más absoluta. No ante quien te mira -que también-, sino ante mí misma.

25/06/19

Estar sola es escuchar por primera vez una canción y no poder compartirla.

No poder escucharla con quien la sentiría expandida, ni con quien la añadiría a vuestra banda sonora, porque el espacio tiempo se interpone. Y si pudieses compartir media hora con ellas hablarías de otras cosas. De gorros amarillos, de brutalismo, de comunismo, de la horizontalidad y de ausencia. O no hablarías, y admirarías sus risas, sus voces, sus gestos. Porque estás empezando a olvidarlas, y te aterroriza que primero desaparezca el conocimiento de los lunares y las arrugas y de pronto solo queden generalidades y luego no quede nada.

No poder enviarla a quien la apreciaría, y saber que por mucho que tratases de ordenar el ruido para generar algo nuevo ya solo queda silencio. Y ni siquiera es un silencio como el de Cage. Es un silencio de los que pesan y tienen el mismo efecto emocional que la pesca de arrastre.

No querer compartirla con quien no habla tu mismo idioma, a pesar de haber explicado las gramáticas, a pesar de haberte ofrecido de traductora, porque las desigualdades son tan evidentes que prefieres adaptarte a su dialecto y pretender que es el tuyo hasta que lo sea.

Ojalá fuese más sencillo.

Ven, cierra los ojos, escucha y dime qué opinas.

02/06/19

En un momento dado elegí aferrarme al hilo de luz que quedaba. Fue un error, y volví a abrazar la sombra. Me dije que mejor ser vulnerable que de piedra. Les dije que mejor ser vulnerable que de piedra. Y seguí escribiendo, porque ya lo hacía, pero empecé a no ocultar las confesiones.

Cuando no tienes a nadie con quien hablar, la escritura permite que el soliloquio albergue aprendizaje. Pero compartir mis diálogos conmigo misma es solo otra forma más de exhibicionismo. Como mostrar mis ojeras, los poros abiertos, el sudor que resbala y que habla de calor y de cansancio. Es mostrarse desarmada. Es decirle al otro que no vas a herir mientras presumes de cicatrices, puntos ciegos y espacios donde clavar la estocada. Demasiada fragilidad y, al mismo tiempo, demasiada violencia.

Seguiré escribiendo, pero no sobre mí. Aunque los silencios también hablen.

 

 

 

 

19/05/2019

Debería confiar más en mi instinto. El que me decía que dejase de insistir antes de que fuese demasiado tarde, al que apliqué un régimen de oídos sordos hasta que llegó el sentimiento de culpa. El que pudo salvarme de la brea antes de que me extinguiese.
Es el mismo que hoy me mantiene alerta, vincula estupidez y vulnerabilidad y resuena en el hipotálamo. El que me dice que sonría menos, que cuide menos y que me cuide más.
El que me dice que hablar de la soledad a través de metáforas sobre café y wishky es algo que debería haber dejado atrás en la adolescencia. El que me recuerda que no tengo puntos de anclaje.
Esa voz que me dice que es una mala idea, que no puede funcionar, que no va a funcionar, que no está funcionando.
Un presentimiento que va de la garganta al pecho. Querer. La dicotomía entre querer ser especial -no en si, sino para si- y saberse ordinaria, y sentirse ordinaria e incapaz de romper rutinas y de levantar cejas y de hacer enmudecer. Incapaz de ser luz y consciente de haber perdido por completo esa claridad. Incapaz de despertar la admiración que yo siento hacia los demás.
Tener un amante en cada puerto y una familia en cada ciudad, pero no sentirse nunca en casa.

02/05/19

Segundo día del año 32, interior noche.

Me retrato como si no supiese que la cámara me mira, entre la necesidad imperiosa de mostrarme y la contradicción ideológica de darme tanta importancia a mí misma.

Tú me percibes de manera indirecta. Quizás crees verme. Quizás me ves, aunque no sepas localizarme en el espacio-tiempo. Igual eres de esos que piensan que la representación es siempre ficción, y que ni la palabra ni la imagen nos acercan a la realidad.

Y sin embargo, el autorretrato es autorreflexión. Más real que el tenerme a 1 metro y sentir el calor que irradia mi cuerpo y el olor de las feromonas si a pesar de estar tan cerca mantengo distancias (especialmente si no sabes leer la respiración).

Por eso me retrato, para pensarme a los 31, para pensarme en la antítesis. Para mostrarme profundamente imperfecta, sin artificios, sin escenografías medidas al dedillo, sin la luz. Tan fuerte como vulnerable. Para hablar de los movimientos ondulatorios, de llegar arriba siendo consciente de que lo siguiente es estar abajo -y cruzar los dedos para que las leyes de la gravitación universal miren para otro lado en el momento de la caída-, de las oscilaciones y la refracción. De lo complicado que es desaprender palabras. De lo complicado que es aprender palabras.

Lo hago para dejar en evidencia a mis miedos. Para decirte, para decirme, que no pasa nada por tener miedo, que el dolor es una parte necesaria de la autopreservación (¿sabias que hay personas que no sienten aflicción y solo saben que se arden en el olor a carne quemada? No dolerse en el fuego no los hace ignífugos).

Empiezo los 31, que en realidad son el año 32, con el mismo sujetador que he llevado durante un mes y que, por algún motivo, me parece la metáfora perfecta de lo que está siendo mi vida. Pensando en el futuro, si hay futuro. Siendo responsable de mis propios orgasmos y de mis propias tartas.

27/04/19

Tienes que saber los trucos. Tienes que ser rápida, coger el mejor asiento -pero sin olvidar quién te acompaña y sus necesidades-, tienes que pensar que cada parada puede ser la última y beber el café como si no hubiera mañana e ir al baño aunque no tengas muchas ganas porque quién sabe cuándo vas a volver a tener una pausa.

Tienes que saber bien los trucos. Tienes que moverte rápido y adaptarte aún más rápido. Tienes que afrontar un día más con un cuerpo que pesa y una mente que funciona a 1/3 de su rendimiento habitual por el cansancio. Tienes que aprenderte los nombres, aprenderte los egos, aprender a reírte y a vivir a medio camino entre el peso de la responsabilidad, el peso del esternón y la ligereza de dejar pasar todo lo que no debería dejar poso.

Tienes que saber escuchar y saber que no siempre te van a escuchar. Saber que no vas a tener tiempo para cortarte las uñas de los pies, que no vas a tener tiempo para sentirte persona, que vas a robarte horas de sueño, que vas a robarte cuidados por cuidar, que vas a necesitar mimos y que a veces vas a inundar los espacios más inesperados.

Y vas a querer y a admirar mucho a tus compañeras. Vas a mirarlas con orgullo, a llenarte la boca con sus nombres. Vas a sentirte pequeña y a querer seguir expandiéndote en la misma dirección que ellas. Vas a tener mucho miedo, vas a ser una con el suelo y la gravedad, vas a hacerte trampas a ti misma.

Y todo habrá merecido la pena. Lo bueno y lo malo. El echar de menos y el echar de más.

20/04/19

Apenas era una niña cuando pasó. Por eso, se dice, apenas recuerda. Pero no era tan niña, y se siente culpable por no haber sabido reconocer lo que pasaba. En su mente quedan fragmentos de lo que ocurrió, insuficientes para montar un caso, o demasiado vagos para coger impulso y lanzar la verdad con tanta fuerza que se quede bien lejos y nunca vuelva a herirle. Para arrojarla y que salpique a quien tenga que salpicar. Que se cuele en cada dobladillo y se quede allí, lavado tras lavado, aunque pase el tiempo, aunque se sacuda la culpa, aunque se haya aprendido algo.

Ojalá poder verter todo este betún que hoy es suyo y solo suyo sobre quienes hicieron que apareciese esa masa negra, pegajosa y pesada. Ojalá les chorrease por las pestañas, y les sellara la boca con la que olvidan, con la que roban, con la que matan.

Y, sobre todo, ojalá manchase a todos los que juegan al traje del emperador. A todos los que saben y aún así sonríen y son amigos y toman cervezas, y se alegran por los éxitos y se lamentan por las derrotas. Ojalá fuese tan evidente que nadie pudiese hacer como que no ve, como si no fuese asunto suyo. Que nadie pudiera salvarse.

En ese caso, la única forma de purificarse sería reconocer. Salir del lodo implica limpiar conscientemente. Y eso, sólo eso, sería un a victoria.

 

05/04/19

El tiempo que se paladea es el tiempo que se respira. Tiempo consciente, como cuando adviertes el inhalar y te haces responsable de la pulsión, y lo que antes era inconsciente ahora ocupa cada palmo de tu pensamiento y ya no eres capaz de dejarlo atrás porque qué pasa si pierdes la concentración y dejas de regar oxígeno.

El espirar te delata. Cuando mientes, cuando amas. Cuando te ahogas mientras te esfuerzas por fingir que el esternón no pesa, que la garganta no se te estrecha. Cuando respiras de pecho y solo quieres respirar de diafragma. Cuando se escapa del la caja torácica y revolotea en los gemidos, cuando palpita en horas que la antimateria traduce en kilómetros y sabes que te vas a perder, y sabes que estás perdida, y tienes miedo y el aliento entrecortado es puro oxímoron.

A veces se traslada a otros espacios. Y de pronto el jadeo palpita en las extremidades, e intentas acallarlo de todas las maneras posibles: con agua, con humo, disolviéndolo en alcohol o purgándolo con endorfinas.

Puede que remita, pero nunca se marcha. Ha hecho nido en el plexo solar.