27/04/19

Tienes que saber los trucos. Tienes que ser rápida, coger el mejor asiento -pero sin olvidar quién te acompaña y sus necesidades-, tienes que pensar que cada parada puede ser la última y beber el café como si no hubiera mañana e ir al baño aunque no tengas muchas ganas porque quién sabe cuándo vas a volver a tener una pausa.

Tienes que saber bien los trucos. Tienes que moverte rápido y adaptarte aún más rápido. Tienes que afrontar un día más con un cuerpo que pesa y una mente que funciona a 1/3 de su rendimiento habitual por el cansancio. Tienes que aprenderte los nombres, aprenderte los egos, aprender a reírte y a vivir a medio camino entre el peso de la responsabilidad, el peso del esternón y la ligereza de dejar pasar todo lo que no debería dejar poso.

Tienes que saber escuchar y saber que no siempre te van a escuchar. Saber que no vas a tener tiempo para cortarte las uñas de los pies, que no vas a tener tiempo para sentirte persona, que vas a robarte horas de sueño, que vas a robarte cuidados por cuidar, que vas a necesitar mimos y que a veces vas a inundar los espacios más inesperados.

Y vas a querer y a admirar mucho a tus compañeras. Vas a mirarlas con orgullo, a llenarte la boca con sus nombres. Vas a sentirte pequeña y a querer seguir expandiéndote en la misma dirección que ellas. Vas a tener mucho miedo, vas a ser una con el suelo y la gravedad, vas a hacerte trampas a ti misma.

Y todo habrá merecido la pena. Lo bueno y lo malo. El echar de menos y el echar de más.

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