25/06/19

Estar sola es escuchar por primera vez una canción y no poder compartirla.

No poder escucharla con quien la sentiría expandida, ni con quien la añadiría a vuestra banda sonora, porque el espacio tiempo se interpone. Y si pudieses compartir media hora con ellas hablarías de otras cosas. De gorros amarillos, de brutalismo, de comunismo, de la horizontalidad y de ausencia. O no hablarías, y admirarías sus risas, sus voces, sus gestos. Porque estás empezando a olvidarlas, y te aterroriza que primero desaparezca el conocimiento de los lunares y las arrugas y de pronto solo queden generalidades y luego no quede nada.

No poder enviarla a quien la apreciaría, y saber que por mucho que tratases de ordenar el ruido para generar algo nuevo ya solo queda silencio. Y ni siquiera es un silencio como el de Cage. Es un silencio de los que pesan y tienen el mismo efecto emocional que la pesca de arrastre.

No querer compartirla con quien no habla tu mismo idioma, a pesar de haber explicado las gramáticas, a pesar de haberte ofrecido de traductora, porque las desigualdades son tan evidentes que prefieres adaptarte a su dialecto y pretender que es el tuyo hasta que lo sea.

Ojalá fuese más sencillo.

Ven, cierra los ojos, escucha y dime qué opinas.

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