20/04/19

Apenas era una niña cuando pasó. Por eso, se dice, apenas recuerda. Pero no era tan niña, y se siente culpable por no haber sabido reconocer lo que pasaba. En su mente quedan fragmentos de lo que ocurrió, insuficientes para montar un caso, o demasiado vagos para coger impulso y lanzar la verdad con tanta fuerza que se quede bien lejos y nunca vuelva a herirle. Para arrojarla y que salpique a quien tenga que salpicar. Que se cuele en cada dobladillo y se quede allí, lavado tras lavado, aunque pase el tiempo, aunque se sacuda la culpa, aunque se haya aprendido algo.

Ojalá poder verter todo este betún que hoy es suyo y solo suyo sobre quienes hicieron que apareciese esa masa negra, pegajosa y pesada. Ojalá les chorrease por las pestañas, y les sellara la boca con la que olvidan, con la que roban, con la que matan.

Y, sobre todo, ojalá manchase a todos los que juegan al traje del emperador. A todos los que saben y aún así sonríen y son amigos y toman cervezas, y se alegran por los éxitos y se lamentan por las derrotas. Ojalá fuese tan evidente que nadie pudiese hacer como que no ve, como si no fuese asunto suyo. Que nadie pudiera salvarse.

En ese caso, la única forma de purificarse sería reconocer. Salir del lodo implica limpiar conscientemente. Y eso, sólo eso, sería un a victoria.

 

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