[:es]19/05/2019[:]

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Debería confiar más en mi instinto. El que me decía que dejase de insistir antes de que fuese demasiado tarde, al que apliqué un régimen de oídos sordos hasta que llegó el sentimiento de culpa. El que pudo salvarme de la brea antes de que me extinguiese.
Es el mismo que hoy me mantiene alerta, vincula estupidez y vulnerabilidad y resuena en el hipotálamo. El que me dice que sonría menos, que cuide menos y que me cuide más.
El que me dice que hablar de la soledad a través de metáforas sobre café y wishky es algo que debería haber dejado atrás en la adolescencia. El que me recuerda que no tengo puntos de anclaje.
Esa voz que me dice que es una mala idea, que no puede funcionar, que no va a funcionar, que no está funcionando.
Un presentimiento que va de la garganta al pecho. Querer. La dicotomía entre querer ser especial -no en si, sino para si- y saberse ordinaria, y sentirse ordinaria e incapaz de romper rutinas y de levantar cejas y de hacer enmudecer. Incapaz de ser luz y consciente de haber perdido por completo esa claridad. Incapaz de despertar la admiración que yo siento hacia los demás.
Tener un amante en cada puerto y una familia en cada ciudad, pero no sentirse nunca en casa.
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