10/03/19

Mi madre se mordía en el antebrazo. No sé si lo seguirá haciendo. Pero, en su momento, en los cientos de peleas que tuvieron mi yo adolescente y su yo que trataba entender sin alcanzar a discernir, parte del rito de la batalla era el bocado a la propia carne. Supongo que constituía, al mismo tiempo, una escenificación de la rabia y una forma de contener la violencia. Un mira lo que me haces hacer, una manera de transmutar las heridas abiertas invisibles en algo palpable.

En mí fue un gusto adquirido. En los puntos álgidos de tristeza me devolvía a la tierra. Era Bob Flanagan, Gina Pane y todos los que alguna vez usaron objetos afilados para despresurizar. Nunca lo hice para ser vista. Nunca lo hice para autoafirmarme, para reclamar atención, nunca para forzar una respuesta.

Ayer cambié de espacio, de motivación y de finalidad. Qué bien sienta acallar mi murmullo de esta manera cuando el detonante es otro.

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