05/04/19

El tiempo que se paladea es el tiempo que se respira. Tiempo consciente, como cuando adviertes el inhalar y te haces responsable de la pulsión, y lo que antes era inconsciente ahora ocupa cada palmo de tu pensamiento y ya no eres capaz de dejarlo atrás porque qué pasa si pierdes la concentración y dejas de regar oxígeno.

El espirar te delata. Cuando mientes, cuando amas. Cuando te ahogas mientras te esfuerzas por fingir que el esternón no pesa, que la garganta no se te estrecha. Cuando respiras de pecho y solo quieres respirar de diafragma. Cuando se escapa del la caja torácica y revolotea en los gemidos, cuando palpita en horas que la antimateria traduce en kilómetros y sabes que te vas a perder, y sabes que estás perdida, y tienes miedo y el aliento entrecortado es puro oxímoron.

A veces se traslada a otros espacios. Y de pronto el jadeo palpita en las extremidades, e intentas acallarlo de todas las maneras posibles: con agua, con humo, disolviéndolo en alcohol o purgándolo con endorfinas.

Puede que remita, pero nunca se marcha. Ha hecho nido en el plexo solar.

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