02/05/19

Segundo día del año 32, interior noche.

Me retrato como si no supiese que la cámara me mira, entre la necesidad imperiosa de mostrarme y la contradicción ideológica de darme tanta importancia a mí misma.

Tú me percibes de manera indirecta. Quizás crees verme. Quizás me ves, aunque no sepas localizarme en el espacio-tiempo. Igual eres de esos que piensan que la representación es siempre ficción, y que ni la palabra ni la imagen nos acercan a la realidad.

Y sin embargo, el autorretrato es autorreflexión. Más real que el tenerme a 1 metro y sentir el calor que irradia mi cuerpo y el olor de las feromonas si a pesar de estar tan cerca mantengo distancias (especialmente si no sabes leer la respiración).

Por eso me retrato, para pensarme a los 31, para pensarme en la antítesis. Para mostrarme profundamente imperfecta, sin artificios, sin escenografías medidas al dedillo, sin la luz. Tan fuerte como vulnerable. Para hablar de los movimientos ondulatorios, de llegar arriba siendo consciente de que lo siguiente es estar abajo -y cruzar los dedos para que las leyes de la gravitación universal miren para otro lado en el momento de la caída-, de las oscilaciones y la refracción. De lo complicado que es desaprender palabras. De lo complicado que es aprender palabras.

Lo hago para dejar en evidencia a mis miedos. Para decirte, para decirme, que no pasa nada por tener miedo, que el dolor es una parte necesaria de la autopreservación (¿sabias que hay personas que no sienten aflicción y solo saben que se arden en el olor a carne quemada? No dolerse en el fuego no los hace ignífugos).

Empiezo los 31, que en realidad son el año 32, con el mismo sujetador que he llevado durante un mes y que, por algún motivo, me parece la metáfora perfecta de lo que está siendo mi vida. Pensando en el futuro, si hay futuro. Siendo responsable de mis propios orgasmos y de mis propias tartas.

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